Luna de Nochebuena

La noche está fría. Se siente la soledad en la calle. En casa están todos, menos tú. Así va mi nochebuena. Las copas de vino, el brindis, la alegría del ambiente.

Me monto mi gabán, mi sombrero, enciendo un cigarrillo y me alejo de la algarabía por unos momentos. Salgo a dar una vuelta, a encontrarme contigo, sin ti. Intento buscarte fuera de las sombras de los postes proyectadas por las lámparas en las aceras y de las mezclas de canciones, voces, risas y choques de copas que salen de todas partes.

Por un momento, en el silencio absoluto que me brinda una pequeña banca vacía en la parada de autobús, salvo por un viejo volskwagen que pasa, imagino que aquí estás, en varios intentos fallidos por alcanzarte. Mis codos se apoyan sobre mis rodillas, mis manos yacen inertes, salvo por los dedos que sostienen el cigarrillo.

He intentado suprimir la melancolía pasajera, que aunque sea pasajera, pesa; una especie de nostalgia alegre, sabiendo que no hace mucho nos vimos por última vez y que algún día no tan lejano nos volveremos a ver. Llevo el filtro a mis labios e inhalo, viendo como el fuego consume lentamente a mi asesino paulatino, recostándome del espaldar de mi asiento y quitándome el sombrero. Ahora sí pude descubrirte.

Ahí estás, hermosa, como siempre: con tu gabardina clara, elegante, con tus labios pintados de carmín resaltando tu piel clara, adornada con tus pendientes y dijes de siempre. Me ves y, como siempre, me sonríes y tu mirada se achina. ¡Vaya mirada para perderse! Viviría en ella cada día que resta de mi vida. Me abrazas, pintas mis labios con tu beso más dulce y, al mismo tiempo, el más apasionado. Ofrezco mi brazo y lo tomas y, muy cerca de mí, con la excusa del frío, caminas a mi lado.

Disfruto de tus historias, de que me digas lo borracho que estaba tu tío cuando saliste o de lo mal que le cayó la cena a la suegra de tu hermana menor. Que me hables de los éxitos que ha tenido tu otra hermana, la mayor, en su carrera. Que me repitas las anécdotas de tu último viaje a Francia.

También disfruto la manera cómo me prestas atención cuando te cuento lo pesado que estuvo mi último día de trabajo, que te emociones por decirte que compuse una canción y me digas que te mueres por escucharla. Que te rías de mis estupideces, de mis ocurrencias. En sí, que soportes mi nivel de locura. Pero no me cabe la menor duda que de lo que más disfruto es, que me mires como si yo no existiera, como si yo fuese un sueño, porque yo tampoco toco tierra cuando das rienda suelta a tu presencia, aquí, conmigo, sin mí, sin ti.

Se hace tarde, creo que deberías volver a compartir con los tuyos. Así, aparto la mirada de la luna llena de nochebuena, la misma que mirabas hasta hace poco, el lugar donde hoy nos hemos encontrado, el lugar donde sólo hoy comenzamos a preparar nuestra siguiente experiencia.

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