Viernes...


¡Ah, viernes! ¡Gracias a Dios es Viernes!

¿Te acuerdas, viernes, de aquellas tardes de creciente? La luna se levantaba temprano y terminaba sonriéndonos en el ocaso. El sueño de tenerla ahí en cada una de tus horas vespertinas hasta que la noche arropara los cielos venía con tu llegada.

Te vivía, viernes, y era feliz justo cuando el reloj pasaba de su número más alto a la nada cada jueves por la noche. Eran tus albas efímeras llenas de dulces expectativas.

Tan inofensivo, viernes, que nunca esperé nada malo de ti. Me agradabas, sobre todo, porque de vez en cuando cumplías mi sueño. Yo estaba preparado para sus llegadas sin previo aviso. Había planificado un viaje a la esquina, al café, a la colina de verdes pastos donde la encontré viendo las estrellas alguna vez.

Eran tus tardes, viernes, las que me enamoraban cada vez más de tu presencia. Eran de historias y risas, de miradas y comprensión, de música y caricias. Con mi guitarra a cuestas y su voz sobre mis oídos, te convertías, viernes, en nuestro día favorito. Eran tus tardes de planes no preparados, mientras te convertías lentamente en una oscuridad que amenazaba con exterminarte, al menos por una semana más.

Eras nuestro inesperado viernes, porque así eras, aunque aguardábamos por tu llegada desde cada lunes. Pero fuiste tan inesperado, viernes, que te la has llevado, a aquella chica de los etéreos ojos marrones, a la de la colina con estrellas fugaces, la del café y las gabardinas, la de la luna eclipsada y la luna de nochebuena.

Apresúrate, viernes, antes que las afables llamas de la nostalgia me consuman en su abrazo aturdidor y confuso, donde la alegría no deja de existir, pero ya no es palpable pues ahora sólo es un recuerdo resiliente. Apresúrate, viernes a responder cuándo volverás a ser ese día inesperado, cuándo volverás a ser el día de aquellas tardes de creciente donde vivíamos sin pensarlo, cuándo me tendrás con ella a mi lado observando el atardecer de luna creciente.

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